Cabezón hermoso

Andrés D’Alessandro la rompió, metió un golazo, asistencias y contagió a todos. Fue la figura de la cancha para un equipo que jugó a su compás.


El último gol de D’Alessandro en River había sido un golazo. Fue el 22 de junio de 2003. Un par de enganches y un zurdazo colgado en el ángulo de Olave en un 3-0 ante Gimnasia, preámbulo del torneo ganado por aquel equipo de Manuel Pellegrini.

Trece años después y luego de siete partidos sin poder gritar, el Cabezón rompió la sequía. Sí, con un golazo.

Recibió el balón recostado sobre la derecha, le metió un caño a Chumacero, se apoyó en Mayada, que le devolvió la pared de taco y sometió a Vaca con un puntazo al primer palo. Gol de baby fútbol. Como los que hacía en Estrella de Maldonado.

Hasta el festejo fue diferente. D’Alessandro, de cara a la Belgrano, mostrando alivio y desahogo. Cómo no, si además lograba su primer triunfo en el regreso luego de siete partidos.

El repertorio continuó. Un tiro en el palo, un centro como con la mano para el 4-0 de Mammana, miles de pisadas, hasta recibió un murrazo de Cristaldo, impotente ante semejante clase.

A los 27 minutos del segundo tiempo, cuando fue reemplazado por Pisculichi porque los bolivianos le venían buscando los tobillos, el Monumental se vino abajo. Sobraban los motivos…

Imagen: Nicolás Aboaf