Volvió el fútbol

Aimar se puso la camiseta de River tras casi 15 años. ¿Cómo anduvo? Hizo todo bien.

Van 29 minutos del segundo tiempo. River está contra las cuerdas. Barovero lo salva. Central es más y merece el empate. Pero el Monumental se levanta, ruge. Gallardo hace un gesto y hay un jugador que sale corriendo como una bala para escuchar las indicaciones. Es Pablo Aimar, que vuelve.

Son las 19.49 del domingo. Se insiste: estalla el Monumental. El ingreso de un hijo pródigo, en lugar de Pisculichi, se festeja casi como un gol. Con la 35 en la espalda (sus años, los títulos locales de River), el cordobés vuelve a su casa y a sentir la emoción. Han pasado 18 años de su primera vez en el verde césped del Liberti. En la cancha hay pibes que no lo vieron debutar.

Hay otros que ni siquiera vieron su última vez con la banda roja cruzándole el pecho. Hay que remontarse al 17 de diciembre de 2000 para recordar aquella tarde en la que dijo adios cuando aún no se había concretado su pase al Valencia. Fue en la cancha de Lanús, en un 2-3.

14 años, 5 meses 14 días más tarde, Aimar sale vestido otra vez con los colores que ama. Para que sus hijos lo puedan ver. Para que su familia se emocione. Para dejar atrás dos operaciones en ese maldito tobillo derecho que respondió OK en las últimas semanas y le permitió sacarse las ganas. Cumplir el sueño.

Hace todo bien Aimar. En sus dos primeras intervenciones tira dos caños, uno a Andrade, otro a Colman. Busca a sus compañeros como primera premisa. Poco roce y toque. Así juega al fútbol uno de los últimos exponentes de un puesto en el que ya no abundan los cracks.

Como Ramón Díaz y Ortega, vuelve contra Central. Ahora justo ante su amigo Coudet. La primera pelota se la toca a Mayada. Al rato el negro Andrade le devuelve el ñoca con una murra. Lo imita Donatti, impotente ante la magia.

Está feliz, Aimar. Tanto que antes de patear un corner saluda al juez de línea. Y tira un sombrero. Y levanta a todos cuando reina la incertidumbre por un resultado que está quedando corto.

Pasaron 405 días sin ponerse los cortos oficialmente. Es un ingrato recuerdo su paso por el fútbol de Malasia. El quirófano es historia. “Esto es impresionante, es un sueño”, balbucea antes de sentir el inconfundible olor a vestuario después de un partido.

Volvió el fútbol.

Imagen: Nicolás Aboaf