30 años sin el Angel…

El 19 de septiembre de 1983, Angelito Labruna dejaba este mundo. Fue uno de los ídolos más grandes y el más ganador de la historia de River. Y pronto quedará inmortalizado en una estatua. 

labrunaFue un lunes. Un día como hoy, pero hace 30 años. A punto de cumplir 65 años, Angel Amadeo Labruna se recuperaba de una operación de vesícula. Estaba dirigiendo a Argentinos Juniors, porque de River, su casa, se había ido (en realidad lo fueron) en 1981, con seis títulos como DT y nueve como futbolista, transformándose en el personaje más ganador de la historia del club. Aún se lo extraña…

Aquella mañana, cuando se disponía a ir al baño, sufrió un infarto y se desplomó en el suelo. Justo era visitado por el Pato Fillol, uno de sus “pibes”, al que en el 73, siendo DT de Racing, le dijo “si no vas a River no me hablés más”. Y, finalmente, ese arquerazo llegó a Núñez y en el 75 festejó con el Feo tras 17 años y pico de sequía. Labruna, literalmente, se murió en las manos de Fillol, esas manos sagradas que tantas alegrías le dieron a Angelito en la segunda mitad de los 70, cuando River ganaba casi todo lo que jugaba.

Fue su época dorada del otro lado de la línea de cal. Como Fillol, Jota Jota López, Merlo y Alonso, el trío más mentado, eran sus protegidos. Los bancó cuando la dirigencia, por ejemplo, había pensado en reemplazar al gran Beto con Rivelinho, ese crack del Brasil del Mundial de México. Y los rodeó de la experiencia de Perfumo, Raimondo, Pedro González y Pinino Más para ganar el Metropolitano y, de yapa, el Nacional del 75.

Aquellos jóvenes, como luego ocurrió con Ramón Díaz, quien aprendió las mañas labrunistas como nadie, eran cómplices de las peripecias del Feo, capaz de abandonar la concentración para irse al Hipódromo de Palermo a “jugar a los burros”, su otra gran pasión. Y a veces se llevaba a algunos de sus muchachos, a los que quería como a sus hijos luego del golpe que significó haber perdido a Danielito a los 20 años. A Omar, su otro pibe, lo llevó a la Primera de River, pero a pesar de sus condiciones pagó por el peso del apellido y, sobre todo, porque en River jugaban verdaderos monstruos.

Labruna era un anti Boca total. Capaz de llevarse los dedos a la nariz para taparse por un supuesto mal aroma. Hoy eso no podría ocurrir en el histérico fútbol argentino, pero Angelito marcó una época. Conocía el folklore como pocos. “De Boca no puedo hablar mal porque me hice famoso por ellos”, decía cada vez que podía. Y quizás razón no le faltaba, porque como futbolista metió 16 goles en los Superclásicos, cifra que hasta ahora nadie alcanzó. Como sus 293 goles en Primera, número igualado con Arsenio Erico, una gloria de Independiente.

Entre las décadas del 40 y 50 fue integrante de aquellos equipazos que se cansaron de salir campeón, primero con La Máquina de Muñoz, Moreno, Pedernera, él y Loustau. Más tarde en el primer tricampeonato millonario (1955, 56 y 57), con la Maquinita de Vernazza, Prado, Walter Gómez, él y Loustau. Aquel fue su último festejo hasta el recordado del 75, cuando avisó que “vuelvo a River para ser campeón”. Y así fue.

Fue tan grande el Anyulín que en poco tiempo se descubrirá una escultura de 6,5 metros de alto. Sí, seis metros y medio. La movida, conocida como Una Estatua para Labruna, provocó que diferentes generaciones (incluso quien escribe esta nota, que se quedó con la “espina” de conocerlo) juntaran bronce y más bronce. Más que merecido para un personaje singular, diferente y amado como pocos en la ilustre prosapia millonaria.