Todopoderoso

Al ver las caras de los hinchas de River, al leer sus mensajes en las redes sociales, al palpar todos esos sentimientos, me cuesta entender cómo tuvieron que pasar más de 10 años para que Ramón Díaz vuelva a sentarse en el banco del Monumental. Su llegada se festeja tanto como un campeonato, su regreso parece ser capaz de hacer recuperar la memoria de todos los hinchas, de olvidarse de la hinchada y las banderas para pensar en jugar lindo, ganar por goleada y planear vueltas olímpicas en vez de sumar 30 puntos. El gigante se despertó con su sola presencia. El Pelado es como volver a vivir, es la estampita a la que se le puede pedir el milagro de ser el de antes.

Ramón se fue después de su séptimo título como técnico de River, en el Clausura 2002. No renovarle el contrato fue el primer gran error de una larga lista que cometió José María Aguilar. Quería cambiar el perfil, la imagen que daba el club desde el banco y por eso eligió a Pellegrini… Fue el granito de arena inicial de la decadencia, que comenzó a profundizarse a mediados del 2005 cuando pasó de las ventas de Mascherano y Lucho González a las llegadas de San Martín, Galván, Loeschbor, Talamonti y Oberman, entre otros. El final de la historia lo conocemos todos, con lo que siguió de esa conducción y el aporte que hizo la actual para terminar en la B. Por eso es saludable que el riojano llegue y hable de jugadores como D’Alessandro y Ricky Alvarez para reforzar el equipo. Hace rato que se necesita incorporaciones de esa categoría y ahora su fuerte presencia obligará a los dirigentes a cumplir.

Es cierto que hereda un plantel muy distinto a los que supo conducir para llenar de gloria a Núñez. Pero su figura nomás les sacará toda la presión a un grupo que le cuesta cargar la mochila, que suele pesarle la camiseta. Ahora la gente pondrá su mirada en el Pelado y se olvidará de los Arano (jugadores que difícilmente se pongan la banda con este técnico en el banco). Y en medio de un mediocre fútbol argentino, donde alcanza con rachitas para meterse en la pelea, la ilusión que transmite Ramón hasta hace pensar que es capaz de poner a River ahí arriba.

Sabe que se juega la chapa, ésa que hoy los hinchas le lustran más que nunca y que se le puede oxidar si los resultados no lo acompañan. Sin embargo, su fanatismo por River pudo más que cualquier cosa. Tuvo muchas ofertas en los últimos tiempos para dirigir otros clubes y selecciones, pero las desechó esperando este momento. Sabe que tuvo que sentarse con otro presidente que no lo quiere y al que, encima, ayudará si le va bien, pero puso los colores por encima de todo. Ya tiene la gloria, la conoce mejor que ninguno. Y ahora va por más.