Revolución Ramón

La trastienda del primer día del Pelado en Núñez. Hinchas emocionados, cholulos, colados, socios a los gritos en un anillo del Monumental que tornó al grito de “es el equipo de Ramón”.

Un día de viernes cualquiera en la Ciudad. Bah, si no sos de River. Porque si te cruza una banda roja por el pecho, no es un día más. Arranca lloviendo, se viene el cielo abajo. ¿Emoción millonaria? Quizás. Al rato, aparece febo. ¿Sale sol para River? Quizás. Es el 30 de noviembre, una jornada histórica. Es el día que volvió Ramón Angel Díaz a Núñez, ya no como técnico de otro equipo. Ahora es de River. Si nunca dejó de serlo, más allá de que alguna vez gritó un gol de San Lorenzo en aquella serie de la Copa 2008.

Aparece pasadas las once por el Monumental. Auto gris, vidrios polarizados, saca el hocico por la ventana trasera derecha. Saluda a los primeros hinchas. Se le tiran encima. Sube al primer piso, en el departamento de legales lo esperan para firmar el contrato por un año. Debe poner el gancho formal. Abajo firmará autógrafos. Hay abrazos de ocasión y un “porqué nos peleamos” más entre Ramón y Passarella. El destino los unió para una parada brava. De ellos, entre otros, depende el futuro futbolístico de River.

Siete móviles de televisión en vivo, cronistas de radio por todos lados, cámaras que disparan fotos como si fueran ametralladoras, celulares modernos que buscan el mejor ángulo para tirar la mejor instátanea, medios partidarios… Volvió Ramón, quien camina el anillo del Monumental como puede. Esa mole de cemento que lo cobija se viene abajo por los gritos de los fanáticos. Se nota que cambió el ambiente y el ánimo de la gente. El semblante. Ramón, así parece, da esperanza. Es el mesías que el domingo lo mirará desde afuera, pero que con su aura contemplará todo desde un palco. El otro fin de semana, en San Juan, el estreno.

Hay otro Ramón de aquel se que fue -en realidad, del que fueron- en 2002. Pelo entrecano es su versión 2012, ya no está el negro azabache en esa voluminosa cabecera. Saco y pantalón oscuro. Camisa blanca. La estampa, el porte, lo varonil, no se modifican a los 53 años. Son las 12.21 y el Pelado ya es realidad. Secundado por el Kaiser y Diego Turnes se sienta en el Auditorium del club. Hasta los periodistas se pelean por ver quién pregunta primero.

Le regalan una camiseta con la 9 en la espalda y la inscripción “R. Díaz” en la cintura. “Mirá que ya no jugás”, lo apura el presidente. Se dan un beso -uno más- de ocasión. Se oye el “oy, oy, oy”. Habla 42 minutos, no esquiva una pregunta. Hasta mete furcios como “Bottenelli” y “Funis Mori”. Y todos se los festejan. Ramón puro.

Y otra vez a caminar por el anillo. Como hace 10 años. Hay cosas que no cambiaron en el club. Las goteras siguen. Con Aguilar y con Passarella. El agua de la lluvia, claro. ¿O es la emoción de la gente?

Los hombres de seguridad lo cuidan. A él pareciera que le molesta. Un centenar de hinchas va hacia su encuentro. Lo tocan. Lo miman. El saluda. Se emociona. Ya en el playón, mira para arriba, justo donde está el cartel añejo del Monumental. Volvió a su casa. Aquí está Ramón.