Sigue el dolor de cabeza

River, con Almeyda como DT, sufre mucho cada vez que le tiran un centro. El domingo, Tito Ramírez desnudó las falencias en el juego aéreo.  Un karma histórico. 

Pensar que el comienzo de la era Almeyda comenzó con un gol de cabeza de Juan Manuel Díaz, por la primera fecha de la BN en el triunfo 1-0 ante Chacarita.

Pero como si se tratara de una broma del destino, la cantidad de goles de cabeza recibidos es mucho más amplia que los tantos realizados por esta vía. El mal para River cada vez que una pelota va por arriba parece interminable. Los números son ineludibles y en ellos encontramos nombres curiosos, situaciones límite, curiosidades y más…

Desde 16 de agosto de 2011, cuando arrancó oficialmente el ciclo del Pelado, River recibió 13 goles de cabeza. Tres fueron en las primeras cinco fechas del Torneo Inicial.

El primero: lo marcó Fernando Telechea, de Quilmes. Ocurrió en la cuarta fecha de la temporada pasada, en un 1-1 conseguido por el cuadro Cervecero en tiempo de descuento.

El que más le convirtió: Aldosivi le metió tres goles de cabeza, convertidos por Iván Furios, Walter Zunino -en la derrota Millonaria 2-1, en la cancha de San Lorenzo- y Matías Gigli, en el 1-1 jugado en el José María Minella.

Otros dos en un partido: Atlético Tucumán clavó dos cabezazos letales -uno de Carlos Fondacaro y otro de Deivis Barone-, aunque la buena fue que River ganó 4-2.

El más doloroso: el de Leonardo Acosta, en el 0-1 con Patronato, resultado que dejaba a River en promoción.

Tampoco zafó en amistosos: en los Superclásico de verano, Nicolás Blandi y Pablo Mouche metieron un gol cada uno ante la pasividad de la defensa.

Comité de bienvenida: Lucas Melano festejó el primer gol en contra en la vuelta a Primera, en el 2-1 de Belgrano.

La ley del ex: Lucas Orban descontó para Tigre de cabeza y colocó el 1-2 parcial. Pocas semanas atrás, se había confirmado que no sería tenido en cuenta por el técnico.

El último: fue obra de Rubén Darío Ramírez. Con su gol, Colón se puso en ventaja. Pezzella salvó la ropa.

Por Roberto Blanco