¿Por qué muchos se van mal con Passarella?

Astrada, Gallardo, Ortega, Cavenaghi, Domínguez… Idolos y tipos muy queridos que se van por la ventana aún ante el clamor popular. El presidente y sus riesgosas decisiones.

Daniel Passarella tuvo siempre una relación conflictiva con los ídolos del club. Cuando era DT limpió del plantel –por causas aún no aclaradas tras 20 años- a Angel Comizzo. A River le costó cinco años encontrar un arquero confiable como el Flaco.

Pasó por la Selección, dirigió a Uruguay, fue campeón en México, fracasó en Italia y volvió al club. Un día, echó literalmente del vestuario a Fernando Cavenaghi, quien por entonces jugaba en Rusia. Pareció un indicio de lo que pasó ayer. Por entonces también se enemistó con Germán Lux. Hay que ser justos con la historia: el Kaiser apostó por Juan Pablo Carrizo, un arquero que más allá de los disgustos pre descenso fue una garantía. Pero Passarella siempre caminó por la cornisa en la relaciones carnales.

Quiso ser presidente. Lo fue. En su campaña electoral se sacó una foto con Ramón Díaz que nunca salió a la luz. Pareció más una operación de su círculo áulico que un acercamiento sincero. Porque parece difícil que el Pelado regrese a Núñez con Passarella sentado en el sillón. Aunque cabe decir que quien primero lo borró del mapa fue José María Aguilar.

Ya manejando todo desde su coqueto despacho, el Gran Capitán le cerró las puertas del club al Beto Alonso, tan desbocado a veces en sus dichos como indiscutidamente un tipo que ama a River.

Con Francescoli, delfín de Rodolfo Donofrio, se enfrentó en los comicios. Las urnas dieron su veredicto, pero Enzo no regresó al club para jugar los lunes con los veteranos.

Los disloques anti ídolos no pararon. Leonardo Astrada fue una herencia de Aguilar que Passarella tomó sin convicción. El equipo del jugador más campeón de la historia era un barco a la deriva, pero el Kaiser lo sostenía desde las palabras. Cuando sucumbía el ciclo del Negro, el presidente se plantó y le dijo, delante de todo el plantel, que lo iba a bancar hasta diciembre de 2010. Era marzo. Un mes más tarde lo echó por teléfono, en una fría noche tucumana.

En 2010, Marcelo Gallardo, quien cuatro años antes había sido declarado prescindible por el Passarella DT, tuvo que esperar a que se terminara su vínculo para despedirse como jamás hubiera querido.

Esa relación de padre-hijo tan enfermiza tuvo su punto máximo con Ariel Ortega. El Burrito, irresponsable con sus hechos pero determinante donde más importa, en la cancha, fue despreciado. Passarella, que lo formó, lo ayudó y lo apuntaló como nadie, le soltó la mano. Es incomprobable saber si River se hubiera salvado del descenso con el jujeño en la cancha. La realidad es que sin él hubo que penar, jugar una promoción primero y 38 encuentros en la B después.

Al Negro López le da vergüenza salir de la casa después del fatídico 26-J. Se comió solo el peor momento de su vida. Apenas Matías Almeyda tuvo un gesto de generosidad al recordar su paso (bueno en el coeficiente de puntos, malo por el juego y el estrepitoso final).

Antes de la ida de Jota Jota, se desechó a Diego Buonanotte en un tramo clave del último torneo en Primera. El Enano, envuelto en un escándalo por el famoso 15% de su pase a Málaga, fue homenajeado con una plaqueta, pero miró la promoción desde Teodelina. Podría haber sido una carta de triunfo, pero el presidente ayudó a que se marchara con más pena que gloria.

De pronto, en el invierno de 2011 parecía que el Passarella anti popular volvía a brindar gestos de cara a la gente. Con River en la segunda categoría, Cavenaghi, quinto delantero en el Inter de Porto Alegre, pidió volver. El presidente entendió que era necesario bajar un cambio y priorizar lo futbolístico. La relación, por conveniencia, siempre caminó en los carriles normales.

Algo parecido ocurrió con el Chori Domínguez, otro que pidió volver por no tener lugar en el Valencia.

Cavenaghi justificó con 19 goles su permanencia. Es un goleador de jerarquía que no necesita pruebas con la Banda cruzándole el pecho. Domínguez pocas veces jugó bien, fue tapa del diario más sus dichos que por su nivel.

Almeyda, que llegó a posar para la tapa de una revista para mostrar la unidad que había entre los tres, optó por no seguir con ellos. A Cavenaghi, de floja performance, lo venía sacando en los segundos tiempos, aunque jamás lo mandó al banco desde el comienzo. Al Chori, con la llegada de Trezeguet, ya le había mostrado el camino un tiempo antes. “Quiero un equipo más veloz”, recalcó sobre el Torito, dejando entrever que no está óptimo físicamente.

Para Passarella fue como tirarle un centro a esa cabeza letal que tenía a la hora de someter arqueros rivales. Y dos ídolos –o tipos queridos, llámele como quiera- se terminaron yendo, como Ortega, Astrada o Gallardo, por la puerta de servicio. Daniel Alberto lo hizo…

Por Leandro Buonsante