¡Volvimos, carajo!

Luego de un año atípico para los hinchas, cargado de bronca, dolor e impotencia, River regresó a Primera. Le ganó 2-0 a Almirante Brown, con dos goles de David Trezeguet, y pegó la vuelta a su verdadero hogar. El momento más esperado por la gente llegó. Ahora, que se venga lo más lindo.

Alivio. Esa es la sensación que mejor caracteriza lo que sentimos en este preciso instante. Sentir que pesamos varios kilos menos por sacarnos esta pesada mochila cargada de bronca por haber tenido que ver a nuestra amada banda roja en una categoría que ni ella ni nosotros merecíamos. Desde aquel fatídico 26 de junio, la vida de los riverplatenses cambió. Y no por ser trágicos, porque el fútbol es solo un deporte, pero River es más que eso. River es parte de nuestra vida.

Y así lo sentimos durante cada una de las 38 fechas en las que sufrimos, lloramos, gritamos cada gol con más rabia que alegría. En cada uno de esos partidos en los que sentíamos que nuestro corazón se rompía cada vez un poco más, que no iba a aguantar y que iba a decir basta, pero no, eso nunca pasó. Lo superamos. Fue un año duro, el peor en la historia del club más importante de la Argentina. Pero un año en el que también demostramos que la pasión es lo único que jamás va a descender.

Canchas y rivales inéditos, tan alejados a la rica historia de esta institución. Nos tuvimos que sacar el traje y la galera para adaptarnos a una realidad que no combinó jamás con la gloria que caracterizó a River a lo largo de sus 111 años de grandeza. La Primera División nos extrañó. Qué habrá sido de ella durante estos doce meses sin nosotros, ¿no? Seguro fue aburrida, triste, sí, así fue. Tanto que las portadas de los diarios fueron nuestras, la atención estuvo centrada en River. Revolucionamos la B, pero esperen, este no tiene que ser un orgullo, solo tiene que servir para demostrarle a los responsables de este desastre deportivo que esta División nos quedó chica, ¿escucharon? No tenían idea con quien se metieron.

Y los hinchas, qué decir de los hinchas. Siempre estuvieron. Firmes, acompañando al equipo a cada cancha, a cada rincón del país, que también se visitó de rojo y blanco. Provincias enteras recibieron al equipo y que demostraron que esta pasión no entiende de geografías, ni de categorías, ni de nada. Ya supera todo lo que creíamos conocer. Otros desde su casa, descargando en el televisor toda la bronca que por mil motivos no pudo descargar en las tribunas, derramando lágrimas de bronca que hoy se transformaron en lágrimas de ilusión.

Los hinchas sufrieron esos empates sobre la hora imposibles de explicar, cada derrota ante equipos que hasta bordaban su camiseta con el grato nombre de River Plate, por la sorpresa de recibirlos en sus humildes hogares. Los hinchas festejaron también cada gol que nos acercaba cada vez un poco más a nuestro hábitat, el natural de River, el que nunca debió haber dejado, aunque algunos dirigentes y responsables de esta catástrofe futbolística nunca pudieron entender.

Pero el momento llegó. Ya no hay que esperar más, el tan ansiado ascenso es nuestro, como no podía ser de otra manera. Aunque hayan manchado la historia del club, nunca podrán ni siquiera ensuciar la pasión de su gente.

Listo, lo malo ya pasó. Festejar, no festejar, ¡qué carajo importa! Que cada uno lo viva como quiera, la pesadilla terminó, eso es lo importante. River volvió a su casa. Solo queda demostrar que podemos volver a ser, que podemos recuperar la gloria que quisieron que perdamos, pero jamás consiguieron ni conseguirán opacar. A tomarnos de revancha de todos los que disfrutaron vernos derrotados y que ahora no entienden cómo podemos estar así, más vivos que nunca.

Porque jamás entendieron que al final de todo, los grandes pueden caer, pero siempre, SIEMPRE, vuelven a levantarse.

Por Antonella Valderrey