Un festejo íntimo lleno de emoción

Todo el plantel se desahogó en el vestuario. La intimidad de una celebración medida, con las familias de los jugadores gozando con ellos.

Lo esperaron todo el año. La presión era mucha. Por eso el goce final. Con algunos futbolistas dando la vuelta olímpica como si se festejara un campeonato. Para ellos, para los que pusieron primera allá por julio de 2011, cuando las imágenes del 26-J aún estaban ahí, fue como haber salido campeones.

Prepararon la remera. En silencio. Sólo había que mostrarla en el final. “23-J, la resurreción”, decía en el frente. “En el buenas y en las malas mucho más”, rezaba en la espalda a tono con el canto de la hinchada.

Lo necesitaban. Desde el encierro del spa del Delta a la celebración más íntima y cerrada del Angel Amadeo Labruna. Ese que una vez más vio a Fernando Cavenaghi con un sombrero de cotillón tomándose una merecida cerveza. Con los pibes a puro llanto. Porque muchos vivieron el descenso. Y para ellos fue el peor golpe. Entonces, para los que salieron de la cuna, este ascenso vaya si vale.

Así este plantel festejó la vuelta. Pidieron intimidad, y más allá de la presencia de periodistas, cámaras y colados, todos estuvieron con sus familias. Era un deseo bien de adentro estar con aquellos que los bancaron todo el año. Madres, hijos, esposas, primos, parientes por todos lados… Son los mismos que van a la Belgrano baja a apoyarlos y que les pusieron banderas alentando siempre.

Cómo se iban a perder semejante momento. Cómo el Chori Domínguez no iba a estar con sus hijos. Como el Profe Kohan, hombre clave en la buena onda del grupo, no podía estar acompañado con su mujer, quien lo bancó siempre. Cómo Luciana, la que sufría cuando el Pelado Almeyda estaba depresivo, iba a contener la emoción.

Así festejó este River. Y bien merecido que lo tiene.