Vamos todos unidos

Apenas habían dado las dos de la tarde cuando Núñez ya se vestía de rojo y blanco. Los peatones adornaban las calles con la Banda, de la cabeza a los pies. Las nubes negras que se avecinaban dejaron de importar porque el fútbol pedía pista y se acercaba la hora de entrar. El Barrio River era más River que nunca, como cada fin de semana cuando los hinchas dicen ‘presente’ frente a la única obligación verdaderamente ineludible: alentar al Millo de acá a la eternidad.

Los cantitos se escuchaban a los lejos; la impaciencia y la ansiedad cortaban el aire, se podían sentir. Sabíamos que era un partido como otros pero era un partido como ninguno porque a partir de ahora todos son una final. La exigencia es enorme y la presión aun más. También se pueden sentir. Incluso, se pueden ver: el hincha de River camina apurado; quiere llegar. River camina apurado porque también quiere llegar -quiere volver- pero el fútbol te pide paciencia y no hay ansiedad que pueda contra el reloj. Quedan seis fechas igual.

Las banderas hacían las veces de manto sagrado para luchar un poco contra el viento frío que se empezaba a levantar y la gente se apretujaba frente al vallado para poder pasar. Hay trapos de todo tipo pero los que más abundan son los que demuestran amor porque, al fin y al cabo, eso es todo lo que necesitamos. Las diferencias políticas e ideológicas quedan a un lado una vez que el equipo pisa el verde césped. Por un momento, ya no interesa si ascender es un mérito o una obligación porque todo lo que queremos es ver a River jugar.

La exigencia se torna endeble en el tramo final de este viaje; aunque el paladar negro no murió, necesitamos ganar más allá de todo. Se nota el fastidio en cada rostro derrotado cuando el dogma de las tres G parece ser sólo un recuerdo lejano pero, por un instante, el hincha logra ahogar toda esa impaciencia en un grito de gol que viene de una cabeza real; todo aquello queda atrás. Ya no hay diferencias entre la platea y la popular: todos queremos ver a River campeón para terminar con esta pesadilla y volver a respirar.

Los corazones laten a mil por hora. La impaciencia no desapareció pero al menos logramos apaciguarla por un rato. River ganó. No jugó como River pero ganó. De a poco, empieza a desarmarse ese escenario espectacular que es el Monumental. Las banderas se descuelgan y se hacen una sola porque todo se resume al amor por la Banda. Y, así, nos vamos como llegamos: todos juntos, caminando ligerito para evitar la lluvia. Y, así, tenemos que seguir hasta el final: todos juntos, envueltos en una bandera enorme que diga ‘River, yo te amo’. Vamos todos unidos. Vamos, no nos quedemos.