Querido diario

Hoy vengo a desahogarme. Todavía faltan dos días para que juegue River. Hace un par de fechas que no voy a la cancha y eso me pone muy ansiosa. Llega el fin de semana y mi corazón se agita, empiezo a saltar y me cuelgo de la escalera a cantar como si estuviera en el Tablón. Aprovecho para mandarles un saludo a mis vecinos que me aguantan semana a semana.

No quiero hablar de fútbol porque me preocupa y me hace mal. Me peleo con la gente todos los días, a cualquier hora, en todo lugar. Creo que un día de estos me van a internar pero ¿cómo no voy a estar preocupada si mi equipo, el club más grande el país, tiene que pelear por un ascenso? Es inédito, y duele, pero nadie pareciera entender.

Es raro lo que siento cada vez que la Banda sale a jugar. El miedo, la ansiedad, la alegría, el dolor, la tensión. Ese Angelito-te-lo-pido-por-favor-tiranos-un-centro que me gobierna desde que me levanto a la mañana hasta que el árbitro marca el final del partido. Cada día es un poco más difícil, cada fin de semana se pone peor.

Yo te lo cuento a vos, Millo, porque sé que te sentís igual. Me ahorro unas sesiones de terapia y pasamos el rato, me puedo descargar. Hace tiempo que no pasaba por acá pero a veces no puedo lidiar con tantas emociones; puedo ser muy sensible con estas cosas. Por suerte, River siempre está y puedo volver cuando siento que es necesario.

Todavía faltan dos días para que juegue River. Nos vamos acercando al final y yo ya no tengo uñas para morder. Pensé que no llegaba a la fecha veinticinco pero acá estoy y, lamentablemente para algunos, todavía no me voy. Faltan dos días para que juegue River y el mejor regalo de cumpleaños que podría tener es un grito de gol. Dale, River, dame un gol.