Con acento francés

Llegó como llegan las golondrinas luego de una agotadora migración. En silencio. Y con el mismo temperamento, días después, ingresaba al estacionamiento de Av. Figueroa Alcorta, para luego de la foto de rigor, sumarse al plantel profesional del Club Atlético River Plate.

Cuando digo “en silencio”, no me refiero a los medios que llenaban páginas y minutos hablando de su fichaje y jugaban a atinar sobre su actualidad física, sino a él. Exclusivamente a David.

Andar cansino, palabras adecuadas, cordiales, justas. Low Profile.

Todos nos preguntábamos cómo estaba Trezeguet, aquél futbolista de paso triunfador por el viejo continente, el que había ganado “cosas importantes en lugares importantes”. Referente del área de la “Vecchia Signora”, compañero -nada menos- de Henry, Zidane, Del Piero, entre otros.

¿Estará roto? ¿Aguantará los 90 minutos? ¿Seguirá siendo un jugador “fino”, o el paso de los años y los títulos lo habrá aburguesado?

Nunca fue un jugador verborrágico, mucho menos, polémico. Tampoco en el verde césped. Su juego, aún como “animal del área”, puede encasillarse dentro de los de habilidad flemática, los del tranco elegante, los del pase certero.

Su promedio de gol en la era profesional es más generoso que apabullante, cerca de uno cada dos encuentros.

No es el típico jugador “vistoso”, pero para centrodelantero, le sobra manejo y traslado.

Si existe una definición mil veces escrita para definir a David, sería la que afirma que no es el mejor en nada, pero que hace bien todo. (Personalmente dejaría afuera de los contenidos de esta frase, a su juego aéreo).

Claro, al simpatizante millonario le entró con el pie derecho. Gran porte, hincha, con una currícula envidiable, fino jugador y por sobre todas las cosas, digno de la más alta tradición de nuestra escuela, elegante, educado y ganador.

Apenas jugado el primer tercio de este torneo estigmatizante, David barrió con prejuicios, preconceptos, dudas y suspicacias.

Desde su esbeltez, camina la cancha concentrado en todo lo que pasa a su alrededor. Conserva ese tranco que obliga al esfuerzo extra de los defensores rivales, baja a recibir permanentemente, juega de espaldas a un toque y entrega siempre bien, es como si viniera de fábrica con espejos retrovisores. Luego del toque la va a buscar y siempre llega limpio al área.

Su cabezazo es exquisito. Siempre elige donde colocar la pelota y en la mayoría de las oportunidades consigue su objetivo, cuando no, el radio de error no excede de los 15 cm. Prueba de su exquisitez es el gol a Defensa y Justicia, cuyo arquero juró a sus compañeros y técnico -con indisimulable asombro- que ya en el aire y antes de impactar al balón con su sesera, el 9 “lo vió”. Prueba de su increíble técnica es el cabezazo que impacta en el partido con Gimnasia. Lejos del arco, con la pelota que viene un poco baja. Se encorva en el aire, dobla el tronco, baja la cabeza, y encuentra a la globa con el perfil izquierdo a la altura de la sien, la amortigua y…casi la cuelga en el ángulo izquierdo del arco adversario. Un titán.

El modo en que ingresa al área es afín a su personalidad. Lo hace en silencio, desprovisto de presentaciones y escenografía.

Cada intervención suya lleva peligro al arco. Si tuviera que jugar una apuesta, jugaría que 5 de cada 10 arqueros de la categoría (y de la principal también), lo tienen como uno de los mas temibles delanteros del fútbol local. Y no me equivocaría.

Si su juego no pudo desplegarse aún mas, es porque todavía no le llegan las pelotas de los volantes (léase el Chori) y porque sus compañeros de área no lo asisten con frecuencia (léase el Cave). Cuando todos funcionen como complementos de un solo equipo y aceiten los circuitos, tendremos la delantera más temida del fútbol argentino.

A todo esto, hoy ostenta el mejor promedio de gol de la escuadra (conjugando goles por minutos jugados). Temible efectividad.

Garbo, concentración, tranco largo, toque de primera, juego de espadas, llegada al área, exquisitas definiciones, cátedra en el juego aéreo. A todas estas virtudes, el último encuentro jugado con Ferrocarril Oeste, le sumó su enorme pegada.

No exagero; hace muchos años, muchos, que no veía a un jugador empalmar de aire un balón y hundirlo en la red como lo hizo Treze el sábado último.

Por la sincronización con que conecta la bola, la justeza del impacto y por sobre todas las cosas porque antes del mismo, se perfila y pivotea la antepierna en el aire para calzar el balón a la altura exacta. El que alguna vez “jugó a la pelota” entenderá de lo que hablo.

Si fue una buena compra, si va a convertirse en un jugador fundamental, si tiene más para ofrecer, son todas incógnitas que el tiempo develará oportunamente.

Hoy por hoy, verlo jugar con la banda roja y disfrutar de su juego, es un privilegio. Junto con la vuelta de Cavenaghi (el actual goleador del equipo), es sin duda, el punto mas alto en lo que a incorporaciones se refiere, si se toman en cuenta cuestiones que exceden el rendimiento en el campo pero que a la vez, no lo excluyen.

A falta de las sublimes alegrías a las que este club se encontraba acostumbrado, bien vale esta poca de esperanza que migró de tierras galas para vestir el manto sagrado.

Por Favio Assad (Profe_K)