La pasión que mueve montañas

River jugó su primer partido oficial en Catamarca y como se agotaron las entradas, la gente que no se quiso perder el encuentro armó una platea en el cerro detrás del estadio para no perderse la victoria. Increíble.

Ya nada sorprende cuando se trata de seguir a la banda. Los casi 16 mil lugares a la venta se agotaron también en el estadio de San Fernando del Valle de Catamarca. El marco del partido fue realmente impresionante. Fuegos artificiales, bengalas y banderas. Ya el recibimiento a los jugadores desde el aeropuerto, el hotel y el entrenamiento fue una postal, la misma que recorre cualquier rincón del país.

El millonario ya recorrió desde Jujuy hasta Puerto Madryn. Desde Mar del Plata a Mendoza. Si algo faltaba es que se extiendan las tribunas a las montañas porque las plateas quedaban chicas. Allí, a lo lejos, también se pudieron observar las banderas, camisetas y el aliento de los hinchas desde la altura, a un equipo que jugó sin sus estrellas, como el Chori Dominguez y Fernando Cavenaghi, pero con David Trezeguet y el Pelado Almeyda en el banco.

Si así es la gente en las malas, en las buenas realmente el gigante Monumental va a quedar literalmente chico. El orgullo del ser riverplatense puede más y hace salir adelante, les da fuerza a los hinchas en este momento, el más difícil de la historia.

Para algunos este recorrido es triste, pero a la vez es un sueño hecho realidad, porque ven por primera vez al equipo de sus amores. Para otros es un doble sacrificio el seguir a River a todos lados. Pero eso no impide nada, al contrario. Todo parece hacerse más fuerte.

El sentimiento crece día a día, ya no importa dónde juegue, cuándo, cómo, por qué. Con titulares o suplentes, amistosos, superclásicos, local o visitante. En el norte, por ejemplo, hay gente que se recorrió pueblos y zonas difíciles de transitar, hasta a caballo para llegar a ver a al deporte más lindo del mundo, ese que devuelve la esperanza, la alegría, pese a todo. No hay límites, no hay distancias. Sólo lo entiende el que lo vive. No hacen falta más pruebas, ésta locura no se compara con nada.

Por Luciana Flesler