Un reencuentro esperado

Faltan menos de seis horas para volver a ver a la Banda jugar y ya estoy bastante ansiosa. Hace treinta y tres días que River no juega pero pareciera que fueron años. Cuando la pelota descansa es como si el tiempo pasara mucho más lento; cuando se trata del Millo, es como si no pasara más. Hoy la Banda sale otra vez al campo de juego y, aunque es un partido de verano, lo esperamos ansiosos como si fuera una final.

Siempre que juega River me pongo ansiosa como si fuera una final. Dejo todo lo que estoy haciendo y, si no voy a la cancha, dos horas antes ya estoy frente al televisor esperando a que empiece el partido. Si no estoy en casa, ni bien termino lo que estoy haciendo salgo corriendo a buscar un lugar en donde mirarlo. Cada uno tiene sus cábalas y para algunos puede ser todo un ritual: desde qué camiseta usar hasta en donde sentarse para mirarlo o qué tomar.

No importa de qué partido se trate, ver jugar a River siempre es especial. No importa la categoría, el torneo o el rival sino sólo el placer de volverlo a ver. Vivimos una situación atípica, es cierto; mirar el fixture es un dolor de alma infernal porque nos recuerda el maldito J26 y todo lo que vino después. Sin embargo, no importa dónde la Banda juegue y tampoco contra quien, esta es una pasión que nunca se va a terminar y por eso la gente siempre está.

La ansiedad se siente en todas partes. Las redes sociales se llenan de mensajes de aliento y de campañas para apoyar al más grande, para que el mundo sepa que nunca lo vamos a abandonar. Quizás sea un torneo de verano más pero nadie puede contra la ilusión y la emoción de ver a River jugar. Contamos las horas y los minutos que faltan porque para nosotros ninguno es un partido más. Yo en un rato voy a preparar mi camiseta y a dejar todo listo. Siento que el tiempo no pasa más pero, si juega la Banda, puedo aprender a esperar.

Por Victoria Peralta Wagner