Veinte años de magia, recuerdos de un amor que no morirá jamás

“¿Por qué me cargan, che? ¿No me creen? ya van a ver lo que les digo: algún día voy a jugar en River”,  le decía Ariel Arnaldo Ortega a los siete años a sus amigos.

El 14 de diciembre de 1991, debutaba en Primera División, justamente de la mano de Daniel Passarella, el mismo que luego, bajo su presidencia lo iba a ver irse del club, a principios de 2011.  El estreno fue en la cancha de Independiente -en ese entonces con la famosa Doble Visera-, donde el conjunto de Núñez se impuso 1-0 como visitante frente a Platense, gracias al gol que Sergio Berti.  ¿El ídolo jujeño? Tuvo sus primeros minutos oficiales cuando ingresó por el delantero Claudio Spontón.

“Ese Burrito, no es un Burrito cualquiera”, dice la canción, porque  también le dedicaron una. Su primer gol lo hizo en 1993 y, un año después, tras ocho de no poder triunfar en La Boca, convirtió uno de los golazos de un 2-0 inolvidable. Quizás por eso terminó jugando en la Selección Argentina y fue ganador del Torneo Apertura en 1991, 1993, 1994 y1996, del Clausura2002 y 2008, y la inolvidable la Copa Libertadores de 1996. Levantó el último trofeo en el equipo de sus amores, decía “quiero morir en River”, pero por esas cosas de la vida, más tarde terminó vistiendo otras camisetas.

Gambetas, tacos, caños, ese manejo de pelota que hace que sea inconfundible en la cancha, y esos famosos penales pateados con su estilo particular. Ariel Ortega es para muchos el último gran ídolo rojo y blanco, el jugador con el que se identifican las últimas generaciones de hinchas riverplatenses. Cuántos lo habrán ido a ver a Defensores de Belgrano, -su actual club-, cuántos lo tendrán tatuado, cuántos imaginan esa despedida en el Monumental repleto, con el eco de “Orteeegaaa, Orteeegaaa”. Ojalá que la tenga y los hinchas puedan devolverle algo de la magia que les entregó durante todos estos años. Gracias por tanto, Ariel, ese al que una vez le dijo el relator Atilio Costa Febre en uno de sus goles:  “Te quiero, hasta el final de nuestras vidas”.

Por Luciana Flesler